¿Autocensura o privilegio? La postura de Metallica
Escrito por Pedro Rosvill el 15 de octubre de 2026
Por un lado tenemos a Roger Waters rechazando el genocidio en Gaza, exponiendo sin tapujos al gobierno de Netanyahu, criticando las acciones autoritarias de Donald Trump y luchando activamente por los derechos humanos como un verdadero rockstar en plena libertad. Por el otro, tenemos a un James Hetfield que, tras cuatro décadas de éxito masivo con Metallica, dio un salto descomunal desde la crítica social y política hacia la defensa del privilegio de tenerlo todo: dinero, familia y estatus; un lugar donde lo que ocurre en el resto del planeta se vuelve totalmente irrelevante.
Metallica frontman James Hetfield recently called out artists who turn their concerts into political rallies, saying:
“Metallica is not here, like some other entertainers, to influence you with their BULLSH*T.”
Do you agree with James? Should musicians keep politics out of concerts, or should artists use the stage to speak about what they believe in?
Let’s debate. What do you think?
#Metallica #JamesHetfield #HeavyMetal #Metal #ThisDayInMetal
— THIS DAY IN METAL (@ThisDayInMETAL) October 12, 2026
En dicha intervención, Hetfield afirmó que Metallica no es como otros «entretenedores», aludiendo a los artistas que aprovechan el escenario para emitir opiniones políticas:
«Influenciándolos con su porquería… Estamos aquí para olvidarnos de toda la porquería que sucede afuera. La agenda de Metallica es el amor, la energía y la música heavy, baby».
Esta postura por parte del vocalista de una de las agrupaciones más influyentes de la historia desató el revuelo entre los fans, particularmente dentro de la comunidad del rock y el heavy metal. Históricamente, estos géneros han bebido de las aguas del punk y la contracultura, donde la protesta, la inconformidad, la rebeldía y el hartazgo social constituyen pilares fundamentales.
Tratándose de una banda emblemática cuyo nombre es sinónimo de metal y que ha sido cimiento para la música pesada contemporánea, hay que decirlo sin tapujos: James Hetfield la cagó rotundamente.
Es imposible no recordar aquel lejano 1996, cuando la banda lanzó Load y mostró un giro radical en su propuesta visual y conceptual: cabello corto, ropa de diseñador, sesiones fotográficas posadas y una ostentación abierta del éxito comercial. A partir del Black Album, Metallica se transformó paulatinamente en una maquinaria puramente comercial que dejó atrás la aspereza del metal para abrazar fórmulas de alcance masivo patrocinadas por el productor Bob Rock —responsable en los 80 y 90 del éxito multiplatino de actos como Mötley Crüe, Bon Jovi, Skid Row y Bryan Adams—. Apostar por las ventas no tiene nada de malo; todo artista tiene derecho a cosechar millones y vivir con comodidad. Sin embargo, también se espera la integridad necesaria para mantener una voz propia, preservando el mensaje, la protesta y la esencia crítica que los llevó a la cima.
En la orilla opuesta se sitúa Roger Waters, figura clave de la banda de rock progresivo más importante de todos los tiempos: Pink Floyd. A pesar del éxito global y de haber experimentado los excesos de la fama y el poder, Waters utilizó su plataforma como plataforma de activismo dentro y fuera del Reino Unido. Mantiene esa convicción intacta desde su juventud y, al igual que otros músicos comprometidos, compone y crea a partir de las realidades que sacuden al mundo.
En una entrevista reciente, el músico británico criticó duramente las declaraciones de Hetfield:
«¿Podemos dejar de hablar de este imbécil? Estoy harto de él… Solo demuestra que es un verdadero pelmazo. Tiene un coeficiente intelectual como de tres… Es un don nadie».
Y añadió:
«Es una lástima que este imbécil no tuviera a nadie a su alrededor que le explicara que ser amable es mucho más importante que toda esa música estridente, los saltos y todo lo demás. Hay que tener empatía por el prójimo. Necesitamos que eso se extienda por todo el mundo —somos miles de millones—, y así sucederá. Ocurrirá; se va a propagar. Y el fin de Israel llegará. El pueblo de Palestina volverá a su hogar. Y esto tiene que ocurrir mientras vivamos; sin duda, durante la vida de todos ustedes. No sé si durante la mía».
Resulta desconcertante que los líderes de una de las bandas icónicas del heavy metal hayan optado por la autocensura. En esa misma emisión se analiza el contenido lírico de varios clásicos de Metallica donde se cuestionaba abiertamente al sistema, las guerras, el autoritarismo, la destrucción ambiental, el abuso de poder, la tortura y la censura; es decir, todos los elementos con los que cualquier activista o músico de alma rebelde nutre su propuesta.
La realidad es amarga: lejos de reafirmarse como un ícono de resistencia dentro del rock, Metallica prefirió consolidarse como una marca corporativa de entretenimiento masivo.
A quienes vivimos y sentimos el rock, este panorama nos resulta profundamente desalentador. Vivimos en un mundo al revés: un mundo donde despojar tierras se normaliza, donde invadir naciones y masacrar civiles se asume con frialdad, donde proliferan las noticias falsas y la desinformación vende más que la verdad; un contexto donde exponentes del reguetón alzan la voz por la paz en Palestina, donde figuras del grunge equiparan a Maná con la esencia del rock, y donde el mayor referente actual del heavy metal admite sin rodeos que prefiere limitarse a cobrar su entrada, agradecer a su público por hacerlo más millonario y declarar que lo que suceda «allá afuera» es completamente irrelevante.
¿En qué universo estamos viviendo?