Mundial México 2026: Entre la música, la prensa y la pasión del pueblo
Escrito por Pedro Rosvill el 6 de julio de 2026
México quedó fuera del Mundial. 🙁
Ah, qué caray.
Algunos pensarán que era de esperarse tras el enfrentamiento contra uno de los países más importantes del fútbol.
Seas pambolero o no, lo importante es que una cosa de la que siempre nos damos cuenta cuando se trata de fútbol es que el patriotismo surge como si estuviera en juego la soberanía del país.
Y esto no es nuevo. Cada vez que México participa en la Copa del Mundo, no importa si eres de nivel socioeconómico alto, medio o bajo, el simple hecho de usar una playera con el mismo diseño que la selección mexicana te hace parte de esa fiebre y ese reconocimiento nacional.
Hay algo en los deportes que nos une como una nación. Nos une como si estuvieran en juego nuestras vidas o si el país pasara por una especie de evolución espiritual.
Se hace a un lado la política. Los chairos y los fifís se unen al mismo bando porque por más extraño que parezca, los problemas se hacen a un lado simplemente por el deseo de ganar.
En ese 2026, en el que México fue sede después de 40 años, los mexicanos nos volvimos críticos, expertos y, eso sí, muy patriotas.
Cuando salió aquella canción de Julieta Venegas, «La niña futbolista», que pretende ser el himno de México, resultó una verdadera porquería y una toma de pelo. Y no es que el empoderamiento femenino sea el culpable; es que la producción es tan rancia que parece hecha en 10 minutos. El resultado fue una falta de respeto: una pieza musical espantosamente vomitiva y olvidable.
Pero la cosa no para ahí. Molotov, MC Davo y EMJAY soltaron «VIVA MÉXICO», que, aunque suena más decente por el rock de Molotov y el rap regio de Davo, pasó sin pena ni gloria, como una buena rola condenada al olvido. Y al final, por alguna bizarra razón, acabamos con Maná, esa banda de pop/salsa disfrazada de rock, como nuestros flamantes representantes.
Pero más allá de la música, está la llamada “afición” que hizo más fuerte y masiva al Pato Merlín y la famosa frase “¿Y si sí?”, que todo mexicano hizo suya y creyó con el alma.
Por ahí fue el asunto: la gente, el pueblo.
Después de que los boletos para los partidos en México estuvieron por las nubes, con costos que rebasaban lo que los trabajadores de clase media ganan al año, y que solo la comunidad de alto nivel socioeconómico fue capaz de comprar o endeudarse para disfrutar unas cuantas horas, la gente disfrutó en las calles de las plazas públicas principales la fiesta futbolera. Una fiesta que incrementaba su locura cada vez que ganaba la selección tricolor.
Esa fue la gran afición que sobresalió de México: las calles.
Y mientras los medios berreaban que era «imposible hacer el mundial en México porque el narco nos tiene aterrorizados», la realidad les cerró la boca. Ni las mentiras de “La perrita de…” Perdón, de Ricardo Salinas Pliego en TV Azteca ni el universo paralelo de Televisa con sus periodistas del apocalipsis lograron boicotear la fiesta. La realidad fue otra: un país unido disfrutando, gritando en las calles con total libertad y extranjeros babeando por México. Vimos gente de todo el mundo apoyando al Tri hasta el cierre; es más, hasta los ingleses nos dieron las gracias por la chamba bien hecha.
Así que, a final de cuentas, el mundial ha sido para México un ejemplo de unidad y demostración de la hermandad que tenemos.